Mis pasos en esta calle
Resuenan
En otra calle
Donde
Oigo mis pasos
Pasar en esta calle
Donde
Sólo es real la niebla.
Octavio Paz
Resuenan
En otra calle
Donde
Oigo mis pasos
Pasar en esta calle
Donde
Sólo es real la niebla.
Octavio Paz
lunes, 23 de mayo de 2011
Atarse a la condena más atroz del ser: ser eternamente nadie, nada.
Mirarse con ojos desprovistos de esperanza, porque ya se acabó el tiempo de la espera ansiosa, expectante, el de la metamorfosis. No ser planta viva, no realizar fotosíntesis. Ni entrada, ni procesamiento, ni salida.
Espectador del suicidio.
Ser quien es tomado por las corrientes de esos brazos arremetedores, no culpables, supervivientes.
Entregarse contra voluntad pero inevitablemente al juego forzoso y descarado, a la lucha que es romper los pétalos y salir, sacar la cabeza de la profundidad que ahoga para respirar, aunque sea por segundos, aunque sea hundiendo los hombros de otros, de nosotros, de los míos.
Farsante esos, quizás.
¿Pero quién dijo que no es la regla principal para jugar en este gran naufragio?
Pereciendo en el océano, ¿a qué buen participante le importa la buena fe de unos?
No considerarse así, provisto de fe buena. Más bien ser necio, estúpido.
Porque así merece ser llamado. La pieza de la máquina que sirve para que las demás funcionen.
Relegarse a eso.
La lucha por la existencia. Existir no sólo por existir: ser.
Autenticidad: no copia ni mendigo.
¿Y abandonarse, ni siquiera intentar? Rozar en el tiempo con el agua hasta desgastarse, ser ya puramente nada. ¡Lo puro!
Probablemente, sí. Pero obviamente, no podrás contemplarte. Abarcaría el tiempo más extenso, y así tu conciencia no podrá. Vivir entonces sólo en ese perecer, en la degradación constante, el proceso lento y doloroso que arruga la piel y la desgarra, y al fin último, nunca aterrizar.
Ni siquiera ser nada.
Mirarse con ojos desprovistos de esperanza, porque ya se acabó el tiempo de la espera ansiosa, expectante, el de la metamorfosis. No ser planta viva, no realizar fotosíntesis. Ni entrada, ni procesamiento, ni salida.
Espectador del suicidio.
Ser quien es tomado por las corrientes de esos brazos arremetedores, no culpables, supervivientes.
Entregarse contra voluntad pero inevitablemente al juego forzoso y descarado, a la lucha que es romper los pétalos y salir, sacar la cabeza de la profundidad que ahoga para respirar, aunque sea por segundos, aunque sea hundiendo los hombros de otros, de nosotros, de los míos.
Farsante esos, quizás.
¿Pero quién dijo que no es la regla principal para jugar en este gran naufragio?
Pereciendo en el océano, ¿a qué buen participante le importa la buena fe de unos?
No considerarse así, provisto de fe buena. Más bien ser necio, estúpido.
Porque así merece ser llamado. La pieza de la máquina que sirve para que las demás funcionen.
Relegarse a eso.
La lucha por la existencia. Existir no sólo por existir: ser.
Autenticidad: no copia ni mendigo.
¿Y abandonarse, ni siquiera intentar? Rozar en el tiempo con el agua hasta desgastarse, ser ya puramente nada. ¡Lo puro!
Probablemente, sí. Pero obviamente, no podrás contemplarte. Abarcaría el tiempo más extenso, y así tu conciencia no podrá. Vivir entonces sólo en ese perecer, en la degradación constante, el proceso lento y doloroso que arruga la piel y la desgarra, y al fin último, nunca aterrizar.
Ni siquiera ser nada.
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