Mis pasos en esta calle
Resuenan
En otra calle
Donde
Oigo mis pasos
Pasar en esta calle
Donde
Sólo es real la niebla.

Octavio Paz

lunes, 26 de diciembre de 2011

Ventana (o cómo hacer para mantener los vidrios abiertos durante la ventisca y que la habitación siga en el desordenado orden que nos complacía)

Hubo una época en que pudimos escribirnos a través de las ventanas, mirar afuera desde y hacia la oscuridad, y sentir cómo mis brazos bailaban, cómo los tuyos cantaban, cómo éstos se acoplaban a la tormenta que nos venía acechando; caía el agua en nuestros campos vecinos pero porque nos desconocíamos, aunque a sabiendas de que el agua es toda una, de que llovía de tu lado y del mío y a la vuelta de la esquina lo compartíamos, como de espaldas. Y de repente estabas ahí.

Hola y qué bueno que pasás. Cerrá el paraguas ese de una vez. No, mejor no. Mejor hacé un lugarcito ahí abajo, a mí también me encanta la tormenta, mojarme de vez en cuando que son todas las veces.
Escuchás, ves, pensás, soñás. Pero claro, siempre pensé que fuera de ese modo, pero era sólo mi modo hasta hoy y nunca me creí nada de lo que dije. Ahora que vos también me lo decís me callo y sonrío. O a veces te lo digo (en secreto).

Y encima descubrimos del gusto de ser manzanos Y qué alegría que desde este momento en que ya no me puedo arrojar a la excusa de ser retoño, que me pesa el estar parado por mis propios medios, solo, y con éstas raíces tan (me voy a tomar el atrevimiento de poner tilde en Tán) débiles.
No, digo porque a lo mejor podemos crecer juntos. Que se yo, nunca se sabe cuando el cielo sopla fuerte, a lo mejor si no te molesta me puedo tener de vos, y no me molesta, vos de mí. Ah, qué bueno. Gracias por aliviarme con el no hace falta que digas, yo ya sé.

¿Y ahora?

Lo peor es que sé perfectamente lo que pasó, pero no se nada acerca de lo anteriormente aconteció. Me perdí en la tormenta.
De madera joven pudimos abrazarnos, y ahora que se hace más fuerte (pero viste que es lo que a todos pasa, no sé a este par de manzanos, nunca fuimos de esos) te veo sacudida por otro viento, me veo sacudido por otro también.
No sé nada de ser manzano, no sé nada de echar raíces fuertes para mañana, planificar para el después, estabilizarme, nutrirme para los frutos que van a venir. No sé nada.
Sé que se aproxima la tormenta, las ramitas más finas ya se mecen, y no te lo puedo contar. No estás. Te fuiste y sé por qué. 

... ... ...

Ya estaban ahí, ¿entendés?, otra vez. 
Silenciosas como naciendo de las paredes,
acechando con paso milimétrico,
motivadas por todo lo que es tuyo
y que vos dejás ahí.

Ladronas por instinto.
Marchando en fila como un ejército,
metódicas y efectivas en su labor.
Escapándose entre lo que queda de la esponja,
llevándose las últimas de tus energías.

Mmm, y el olor.
Después el olor de sus muertes,
y los cadáveres desparramados sobre la lata o el mármol.
Cientos de diminutas y placenteras muertes.
Cementerio de cañerías.

Sobre el ilimitado placer de las buenas palabras


Una vez lo escribí como la segunda parte del título para la poesía del desesperado y ahí me sucedió. Me sedujo, y acabó con el trabajo posterior al coqueteo. Me dio el placer.
Es que estaba ahí, una escupida tan libertaria, un abrazo al me cago en todo, una patada a tu formalidad. Se veía así, tan explosiva, tan estas ganas de patearte la mesa con pavo y todo arriba (y claro, preferentemente el de navidad).
Y por entonces nacía la madrugada, y yo encontraba el silencio y me imaginaba la auténtica soledad.
Y el alivio.
Y te vi como frutillas con crema para la novia, como pito para “el raro”, como limusina para Fort.
Fuiste el parto. Las luces fueran las contracciones, y vos ahí el parto. El dolor del alumbramiento, pero qué gozo.
O el sorete. Los intestinos cerrados como trapo de piso detenido en el momento del estrujado que arruga las caras, y el sorete afuera cayendo como piedra. ¿Y qué te va a importar el salpicón?
Ah... que me juzgue la academia, mirá cuanto me importa (y su mayúscula).

Me diste en el momento un grito de respiración.