Lo que mamá
no sabe todavía es que me cago en los calzoncillos. No sabe que hace rato pude
elegir entre re-cagarme encima, sentir esa bola meciéndose entre las piernas, o
dejar de lado ocupaciones y/o distracciones e ir racionalmente al baño. No
encuentro en ninguna otra actividad (alcohol, drogas, escuchar música, comer,
masturbarme o tener sexo) el placer faraónico de sentir como se desliza la
mierda por mi entrepierna o mis muslos cuando por suerte tiene la condición de chorreárseme
hasta las medias (las medias me las regaló mi tía para mi último cumpleaños,
son de la marca que usan los tenistas, en mi caso deberán conformarse con teñirse
de marrón.)
Al principio era un placer
reservado para mí. Como vos llegás a tu casa después del laburo, te descalzás,
ves la tele y te tomás un porrón, yo me cago. Por supuesto vivo solo, los demás
no entienden de la felicidad de tal actividad. En realidad creo que por eso me
dejó la única chica con la que pude salir más de un mes. Ya no era creíble que
sacara tantas veces el perro a pasear o me olvidara siempre de comprar algo y
saliera a último momento, sólo para encontrarme solo y dar paso a la felicidad
marrón. Pero en realidad fue en esas
salidas cuando descubrí que podía cagarme en público, en la calle, en el
parque. La gente ni siquiera nota que andás con la bolsa escatológica entre las
patas, o caminando con las piernas abiertas, como los payasos esos que salen de
entrenar. Andan demasiado ocupados ocupándose de ocupaciones. El hecho es que
cuando descubrí que no había obstáculos para cagarme en la vía pública, la
experiencia fue mejor que cualquier relación. Me cagaba en el bondi, en las
clases, en el boliche, y hasta un domingo acompañé a mi abuela a misa para
re-cagarme en dios.
Pero incluso así, cagándome arriba donde se me dé la gana, mamá nunca se
enteró. A veces quiero pensar que tiene un resfrío, que por eso no siente el
olor a mierda que desprendo, o que en verdad no ve bien con los anteojos nuevos
cuando le dejo al estampado de la silla una mancha más. Es increíble. Hasta
dejé los calzoncillos llenos en el lavadero y se empecina en pensar que es la
perra.
Después de todo debe ser así. Una madre puede saber de un hijo hasta
cierto punto. Incluso, hasta cierta edad. Yo creo que debe ser parte de la
vida, tampoco voy a atarla a que conozca todo lo que me pasa, quizás no conozco
yo tampoco nada de ella. Lo tengo decidido, no voy a interesarme más en que
note que me cago encima, que es mi cuota diaria de felicidad y que es lo que
hace que me sienta yo, un ser auténtico y original. Después de todo me conviene,
si algún día conoce mi afición, no tendrá derecho a reprochármelo o a mandarme
a un analista por un probable inconveniente en el desarrollo de la fase anal.