Mis pasos en esta calle
Resuenan
En otra calle
Donde
Oigo mis pasos
Pasar en esta calle
Donde
Sólo es real la niebla.

Octavio Paz

viernes, 27 de julio de 2012

Manos de espuma no devolverán a ningún fantasma a su tumba
Hay un cuchillo que no sangra 
Vana es la tarea del sepulturero, incapaz con su miedo: vivirá en el aire, verticalmente con ellos, o será la presa más íntima de su propio oficio.


                                                                                    
Foto: Robert and Shana ParkeHarrison

jueves, 26 de julio de 2012


Lo que mamá no sabe todavía es que me cago en los calzoncillos. No sabe que hace rato pude elegir entre re-cagarme encima, sentir esa bola meciéndose entre las piernas, o dejar de lado ocupaciones y/o distracciones e ir racionalmente al baño. No encuentro en ninguna otra actividad (alcohol, drogas, escuchar música, comer, masturbarme o tener sexo) el placer faraónico de sentir como se desliza la mierda por mi entrepierna o mis muslos cuando por suerte tiene la condición de chorreárseme hasta las medias (las medias me las regaló mi tía para mi último cumpleaños, son de la marca que usan los tenistas, en mi caso deberán conformarse con teñirse de marrón.)
Al principio era un placer reservado para mí. Como vos llegás a tu casa después del laburo, te descalzás, ves la tele y te tomás un porrón, yo me cago. Por supuesto vivo solo, los demás no entienden de la felicidad de tal actividad. En realidad creo que por eso me dejó la única chica con la que pude salir más de un mes. Ya no era creíble que sacara tantas veces el perro a pasear o me olvidara siempre de comprar algo y saliera a último momento, sólo para encontrarme solo y dar paso a la felicidad marrón.  Pero en realidad fue en esas salidas cuando descubrí que podía cagarme en público, en la calle, en el parque. La gente ni siquiera nota que andás con la bolsa escatológica entre las patas, o caminando con las piernas abiertas, como los payasos esos que salen de entrenar. Andan demasiado ocupados ocupándose de ocupaciones. El hecho es que cuando descubrí que no había obstáculos para cagarme en la vía pública, la experiencia fue mejor que cualquier relación. Me cagaba en el bondi, en las clases, en el boliche, y hasta un domingo acompañé a mi abuela a misa para re-cagarme en dios. Pero incluso así, cagándome arriba donde se me dé la gana, mamá nunca se enteró. A veces quiero pensar que tiene un resfrío, que por eso no siente el olor a mierda que desprendo, o que en verdad no ve bien con los anteojos nuevos cuando le dejo al estampado de la silla una mancha más. Es increíble. Hasta dejé los calzoncillos llenos en el lavadero y se empecina en pensar que es la perra. 
Después de todo debe ser así. Una madre puede saber de un hijo hasta cierto punto. Incluso, hasta cierta edad. Yo creo que debe ser parte de la vida, tampoco voy a atarla a que conozca todo lo que me pasa, quizás no conozco yo tampoco nada de ella. Lo tengo decidido, no voy a interesarme más en que note que me cago encima, que es mi cuota diaria de felicidad y que es lo que hace que me sienta yo, un ser auténtico y original. Después de todo me conviene, si algún día conoce mi afición, no tendrá derecho a reprochármelo o a mandarme a un analista por un probable inconveniente en el desarrollo de la fase anal.