Mis pasos en esta calle
Resuenan
En otra calle
Donde
Oigo mis pasos
Pasar en esta calle
Donde
Sólo es real la niebla.

Octavio Paz

lunes, 26 de diciembre de 2011

Ventana (o cómo hacer para mantener los vidrios abiertos durante la ventisca y que la habitación siga en el desordenado orden que nos complacía)

Hubo una época en que pudimos escribirnos a través de las ventanas, mirar afuera desde y hacia la oscuridad, y sentir cómo mis brazos bailaban, cómo los tuyos cantaban, cómo éstos se acoplaban a la tormenta que nos venía acechando; caía el agua en nuestros campos vecinos pero porque nos desconocíamos, aunque a sabiendas de que el agua es toda una, de que llovía de tu lado y del mío y a la vuelta de la esquina lo compartíamos, como de espaldas. Y de repente estabas ahí.

Hola y qué bueno que pasás. Cerrá el paraguas ese de una vez. No, mejor no. Mejor hacé un lugarcito ahí abajo, a mí también me encanta la tormenta, mojarme de vez en cuando que son todas las veces.
Escuchás, ves, pensás, soñás. Pero claro, siempre pensé que fuera de ese modo, pero era sólo mi modo hasta hoy y nunca me creí nada de lo que dije. Ahora que vos también me lo decís me callo y sonrío. O a veces te lo digo (en secreto).

Y encima descubrimos del gusto de ser manzanos Y qué alegría que desde este momento en que ya no me puedo arrojar a la excusa de ser retoño, que me pesa el estar parado por mis propios medios, solo, y con éstas raíces tan (me voy a tomar el atrevimiento de poner tilde en Tán) débiles.
No, digo porque a lo mejor podemos crecer juntos. Que se yo, nunca se sabe cuando el cielo sopla fuerte, a lo mejor si no te molesta me puedo tener de vos, y no me molesta, vos de mí. Ah, qué bueno. Gracias por aliviarme con el no hace falta que digas, yo ya sé.

¿Y ahora?

Lo peor es que sé perfectamente lo que pasó, pero no se nada acerca de lo anteriormente aconteció. Me perdí en la tormenta.
De madera joven pudimos abrazarnos, y ahora que se hace más fuerte (pero viste que es lo que a todos pasa, no sé a este par de manzanos, nunca fuimos de esos) te veo sacudida por otro viento, me veo sacudido por otro también.
No sé nada de ser manzano, no sé nada de echar raíces fuertes para mañana, planificar para el después, estabilizarme, nutrirme para los frutos que van a venir. No sé nada.
Sé que se aproxima la tormenta, las ramitas más finas ya se mecen, y no te lo puedo contar. No estás. Te fuiste y sé por qué. 

... ... ...

Ya estaban ahí, ¿entendés?, otra vez. 
Silenciosas como naciendo de las paredes,
acechando con paso milimétrico,
motivadas por todo lo que es tuyo
y que vos dejás ahí.

Ladronas por instinto.
Marchando en fila como un ejército,
metódicas y efectivas en su labor.
Escapándose entre lo que queda de la esponja,
llevándose las últimas de tus energías.

Mmm, y el olor.
Después el olor de sus muertes,
y los cadáveres desparramados sobre la lata o el mármol.
Cientos de diminutas y placenteras muertes.
Cementerio de cañerías.

Sobre el ilimitado placer de las buenas palabras


Una vez lo escribí como la segunda parte del título para la poesía del desesperado y ahí me sucedió. Me sedujo, y acabó con el trabajo posterior al coqueteo. Me dio el placer.
Es que estaba ahí, una escupida tan libertaria, un abrazo al me cago en todo, una patada a tu formalidad. Se veía así, tan explosiva, tan estas ganas de patearte la mesa con pavo y todo arriba (y claro, preferentemente el de navidad).
Y por entonces nacía la madrugada, y yo encontraba el silencio y me imaginaba la auténtica soledad.
Y el alivio.
Y te vi como frutillas con crema para la novia, como pito para “el raro”, como limusina para Fort.
Fuiste el parto. Las luces fueran las contracciones, y vos ahí el parto. El dolor del alumbramiento, pero qué gozo.
O el sorete. Los intestinos cerrados como trapo de piso detenido en el momento del estrujado que arruga las caras, y el sorete afuera cayendo como piedra. ¿Y qué te va a importar el salpicón?
Ah... que me juzgue la academia, mirá cuanto me importa (y su mayúscula).

Me diste en el momento un grito de respiración.

jueves, 10 de noviembre de 2011

¡Los malvones, las glicinas! Es verano, y por el boulevard, para los imbéciles caminan vaginas.

lunes, 7 de noviembre de 2011

WHIS(qué?)Y

Podría ser pequeño, mísero, partícula, rozar lo insignificante. Podría ser parte de todo lo vano, ser las y treinta de un reloj en un campanario de un pueblo sordo, sordo pero que ve y escucha y cuenta.
Podría, pero no. Me tocó esta grandeza absurda, esta libertad inmanejable, estos sentidos que captan, esta cabeza que en el mareo general entiende que todo es duda, que nada es definitivo, y qué podés hacer.
Como la barrera que impone una vidriera, transparente, durante un segundo casi penetrable, y ahí cuando los dedos son toscos y los gritos se ahogan en el silencio.
La impotencia de creer saber, querer. La imposibilidad misma de poder.
Entonces está la miseria, la felicidad perenne humana, la cobardía omnipotente, lo débil y estos tragos calientes.
El calor en la calle, el calor en el estómago y de imprevisto subiendo hasta la garganta, y a los oídos. La vista seca, la cabeza tramposa que casi gira hacia el otro lado, para donde no hay nada, el momento solo y el después. Y después, ¿qué?

domingo, 25 de septiembre de 2011

Llamada

No, no te equivoques como yo lo hago. Yo no quiero más obligación cuando vuelven los automóviles encendidos, que una torre de platos por lavar que fueron festín, y una marca en el anteúltimo capítulo de un libro, unos cuantos poemas, y unas cuántas líneas que aún no existen en este mundo cuadrado por escribir; y un té, un té frío por calentar. También una llamada, una llamada a cualquier hora que sea tuya,  soy yo quien marca con paciencia y disfrutando del procedimiento tu número, pero la voz es enteramente tuya y yo te encuentro y me dejás verte en esa fuerza tan delicada que te habita. 
¿Quién me inventó esta pila de hojas grises, de lecturas obligadas, de demostración nerviosa, de aprobación absurda? ¿quién? Río, claro, me río porque fui yo, siempre buscando en otras lagunas, sin mirarme primero los tobillos llenos de barro que mis pies, a mi orden, trajeron hasta acá. Y mirá, yo no sé que pienses de esta llamada a esta hora, a este día, de esta invitación. Vos me sos poesía y me sos ciudad encendida, concierto, salida de clase y ganas. Y me sos ganas más allá de quererte, me sos impulso que me lanza, me hacés creer, volver a creer.
Donde estés ahora, donde recibas esta llamada, que interrumpa la lectura que la lámpara te deja hacer, que deje enfriar el café, y ya que sos vos, que deje consumir el cigarrillo amigo ese un poco más en el borde del platito de té que improvisaste para la ceniza. Ese que quizás encuentre la muerte, sorprendido y no es para menos, en aquella luz y aquel calor que hace un minuto le dieron el placer de la vida que ahora lo está consumiendo cuerpo adentro. Y avanza, y quema, y es menos cada vez, cada segundo mientras los gritos se silencian en ondulante humo que asciende.
Pero no todo es muerte, no lo somos vos, el tubo, y del otro lado este yo que intenta ser un poco tuyo. O quizás tengamos esa vida miserable y de engaño como tu cigarro, quizás ardamos en el instante mismo en que comenzamos a morir después, pero qué nos importa ya, si es septiembre, si son las siete, si ya no se sienten más las presiones que me dejaban invisible y sin llamarte. Qué me importa la muerte si el principio es vivir, es arder un instante en tu voz.

sábado, 20 de agosto de 2011

Hundirte

Extrañar. Al hilo, de a cinco o seis. Extrañar con el frío, con la pobreza, con la calle desolada, la locura, la mediocridad. Del lado de acá, del lado de allá. Extrañar lo extrañado, lo perdido, nunca encontrado. Extrañar lo que nunca fue piedra entre las manos, entre estas manos rojas, pálidas de calor.
Unir al exceso de esta mirada vertical que quiere la respuesta, el baile frenético que el gusto propio de bailar ocasiona.Ceder a las piernas el éxtasis del abandono y verlo surgir en estos saltos.
Te pisan, te recuerdan, te dan así la vida con que cortás los talones blancos éstos y después me dejo al acto placentero de aplastarte, con todas las fuerzas aplastarte, los ojos comprimidos, los labios pegados.
Te entierro así, en el polvo más volátil y suave. Tengo tus dedos muertos a la vista para regalarte una mirada cada tanto, saber que estás ahí y que tu presencia se convierte en mi trinchera, las trincheras que me cortan las piernas y me hunden a la oscuro y lo mojado.
A veces, si no te miento, me entregaría al anhelo de arrodillarme, pelarme las rodillas, llorar y ahogarme entre el barro que te recubre, comerme los mocos, tu carne podrida, hundir las cienes en lo putrefacto que entrega tu cara, tus huesos verdes y que me ahogues, me succiones, me entres el cuerpo todo y me beses. Con labios que se despedazan en cada bocanada contra los míos, que me beses, me pudras los dientes y la lengua. Que transportes la tuya hacia mi sur, hacia los límites de lo muerto y lo que está muriendo. Que me dibujes con tu lengua, descubrir rastros como de caracol.
Entonces te pertenezco, soy de tu mismo asco, de tu misma vida húmeda. Estamos a la par, me ves verde, me ves marrón.
Te abrazo con brazos que no sé donde acaban y te entregás al placer de lo putrefacto, de la mierda que nos baña. Ni vos pensás en la vida eterna, ni yo.
Y te abrís, te entregás en cuerpo, sólo en cuerpo si ya no somos alma y el entierro: una vez más, un entierro.

lunes, 15 de agosto de 2011

Digiriendo uñas

(que este escrito, antes que nada, no podrá plasmar las ansias éstas)

a la mejor de todas, leer unas hojitas de cortázar, o mirá que es un buen domingo para el sábato realista y, por ende, pesimista que no se cansa de vomitarte la camisa blanca esa que llevás con orgullo, bien metidita adentro, cuello acomodado y por favor que se vea el cinturón que mamá no gastó al cuete.
a lo mejor te hacés trizas contra esas páginas pero al menos metés los dedos en la grasa, con el asco que el impulso no puede detener.
mi felicidad basta con la merienda después de la escuela, a las cinco y media, volviendo con el delantal desabrochado que el envión hace bailar y el sol naranja trigo mientras la bici rumbea para lo de la abuela y una ensaladita de puchero frío, y gracias y mirá si me voy a acordar que voy a añorarlo en el bocado de zanahoria si está más rico que puchero a las 5.
pero hoy hay café solo a falta de leche, masitas putas sin manteca y mirar la pared blanca (cométe vos el programa ese)

acá había algo que no voy a publicar.

viernes, 8 de julio de 2011

sin peros

corriendo por las praderas de mi cien multiuso fueron tus canarios blancos del caribe pero cuando nadaban ratas y morían en las orillas unas negras enredadas en sedas y las medusas eran como arreglos florales sinsentidos de las palmeras querer llegar al piso 50 de los rascacielos de esos hoteles queseyo cuantas estrellas donde el yankee el alemán y el japonés juegan a estar en otro país mientras el desayuno sigue siendo huevos y tocino y arroz con palitos y qué me decís de la curva de américa del sur tan bonita tan caliente con esos senos en exhibición en remate al turista que pasa y lo que no pasa es la erección y un cabello negro decide dejar su sombrilla y en la calle de en frente una abuela en viaje de jubilados compra una radio made in tokyo a un puertoriqeño que su  nieto aceptará pero que olvidará sobre la biblioteca de su habitación y el cabello negro que se acerca a la choza y su boca que se humedece ante los melones frescos ¡y qué melones! piensan los muchachos que viajaron desde argentina donde el tango se vive en las calles de adoquines pero qué frío el de buenos aires ahora mejor me vuevlo pa' donde los plátanos y las sanguijuelas y si no fuera por las bananas diría que esto es egipto y qué lindas son las pirámides tan aburridas que encantan y que no lo escuche el arquéologo que llevás adentro que si no se pudre todo. y qué me dicen de los espejos y miami brilla que da calambre pero qué digo ¡viva las vegas el lujo y el placer y el sexo que lleva tu piel! estás negra de hermosa y hermosas son mi ganas que te poseen en el sillón de la esquina que no compro porque no gano si no trabajo y qué me importa ahora si me voy a lamentar después cuando no tenga ni para el pasaje de un vuelo al caribe y me pierda las negras en seda y medusas las palmeras el cabello negro y hasta la abuela.

jueves, 7 de julio de 2011

El grito se erecta como un filo caliente que asciende en el oscuro. Oscuridad de aquí que va a parar allá.
Y está tan frío... y la noche está tan comenzada...
Pero son estas manos de espuma, que se empeñan en la tarea más vana de quererlo devolver al fondo de la tierra.

sábado, 11 de junio de 2011

El Comenzal



Voy a comprarme un frac dos talles más grandes, y a usarlo para pasear como respetable caballero cuando los perros salgan a mi encuentro. Sólo ellos. Y el viento, y la plaza que espera por nadie con faroles que aguardan con esperanza. Ingenuos.
Voy a comprarme un helado de tantos sabores como la gravedad me permita, y los que no, los guardo en el bolsillo de mi chaleco gris.
Así empezaré la carrera circular por la plaza, devorando un sabor por esquina, anestesiando el paladar y la lengua. Sólo será motivo válido para detenerme, el ajuste del moño negro, o los mechones que se escapen de detrás de las orejas (rojas ya).
Procuraré un andar sereno y alineado. Cuando termine el postre, me sacaré la galera. Me esperará una fuente de plata con un salmón cocido en manteca quemada y papas rotas. Me aseguraré de que el perejil siga lo suficientemente fresco, o sacaré un ramo de una de mis medias color crudo de nylon y lo picaré al momento con sagacidad tenaz. Pizca gruesa de sal y en la vuelta número 17 comenzaré con éste, el plato fuerte, en la esquina enfrentada a la heladería, donde los empleados siguen con las narices achatadas contra los vidrios mirando mi carrera (si tuviera dos cubiertos más los invitaría, parecen deseosos).
Sacando los míos de entre el cinturón los dispondré en mi mano izquierda. Buscaré la servilleta roja del bolsillo interno del saco, y destrabando mi garganta, daré inicio a la cena.
Dispondré un paso más lento y equilibrado, e invirtiendo la dirección de las vueltas, comenzaré desgarrando la carne rosada más próxima al esqueleto y seguiré por la cabeza, y esos ojos saltones frescos que parecen mentolados.
Alternaré la carne desgajada con las papas rotas, envueltas en grasas saturadas que despierten el gusto ácido en mi lengua que festeja.
Reprimiré cualquier intento sorpresivo de eructo que quiera llevarse algo de sabor al aire, y limpiaré prolijamente los extremos de mi boca con la servilleta que espera en mi muñeca.
Andaré así un par de vueltas, a la espera de la digestión, mientras del bolsillo trasero de mi pantalón almidonado, sacaré un habano sabor café.
Antes de lo deseado mi buen amigo se extinguirá, y previo viaje por los túneles de mis pulmones, el humo disfrutará de la libertad infinita y de las rutas de viento frío de la pampa santafesina que vaya a saber dónde lo estrellarán.
Será el momento entonces de sentirme saciado, y optar por un bocado más reducido que recordaré tener en mis calzoncillos. Con la sutileza del relojero, robaré de aquel lugar oscuro los canapés de queso roquefort y pescado, y los acomodaré de a par en mi antebrazo izquierdo. 
Casi como un arma, descubriré el champagne que sujeta mi cinturón a la altura de donde la columna encuentra su fino fin, y serviré en una copa alta que sujeta mi otra media la bebida que burbujea. Como convictos que corren desaforados tras muros caídos, los gases de la bebida recorrerán las paredes angostas de la copa, marcando la silueta tal caballero a su mujer, y explotarán en estrellas al borde, justo antes del abismo.
Las salvarán mis labios resecos y cortados, no menos deseosos, que beberán espirituosamente el líquido, antes de que mi boca lo pasee como enjuague bucal por entre mis dientes apretados.
De a uno, y como los últimos, degustaré los canapés, alternando queso y pescado. Los moveré en redondo por mi boca que se regocija, y jugaré a no utilizar los molares, para sentir deshacerse la harina, la sal, el queso, la carne, y los dedos sucios del cocinero.
Luego de la ceremonia, la plaza ya me habrá encontrado en la vuelta 67, en la misma esquina en que comencé. Por fortuna, los heladeros han corrido cortinas y a media luz fuman y beben cerveza barata, han encontrado consuelo allí.
Yo miraré el reloj de la torre, casi las tres. El silencio es mi sobremesa, y las barbas de los pinos se mecen como acunando la sed que causa el frío.
Gesticularé fingiendo rectitud y me acomodaré los pantalones y la solapa del frac. Estaré inmóvil y con la vista fija, en la esquina, mirando la calle que me devuelve a casa. Mis ojos brotarán humedad de felicidad ante tanto acto protocolar. Será la satisfacción de haber vuelto a cumplir una noche más.
"¡Bon appetit!", escuchará el perro que me mira como la única de mis exclamaciones en toda la cena, un segundo antes de comenzar la caminata.

lunes, 23 de mayo de 2011

Atarse a la condena más atroz del ser: ser eternamente nadie, nada.

Mirarse con ojos desprovistos de esperanza, porque ya se acabó el tiempo de la espera ansiosa, expectante, el de la metamorfosis. No ser planta viva, no realizar fotosíntesis. Ni entrada, ni procesamiento, ni salida.
Espectador del suicidio.

Ser quien es tomado por las corrientes de esos brazos arremetedores, no culpables, supervivientes.
Entregarse contra voluntad pero inevitablemente al juego forzoso y descarado, a la lucha que es romper los pétalos y salir, sacar la cabeza de la profundidad que ahoga para respirar, aunque sea por segundos, aunque sea hundiendo los hombros de otros, de nosotros, de los míos.

Farsante esos, quizás.
¿Pero quién dijo que no es la regla principal para jugar en este gran naufragio?
Pereciendo en el océano, ¿a qué buen participante le importa la buena fe de unos?
No considerarse así, provisto de fe buena. Más bien ser necio, estúpido.

Porque así merece ser llamado. La pieza de la máquina que sirve para que las demás funcionen.
Relegarse a eso.

La lucha por la existencia. Existir no sólo por existir: ser.
Autenticidad: no copia ni mendigo.

¿Y abandonarse, ni siquiera intentar? Rozar en el tiempo con el agua hasta desgastarse, ser ya puramente nada. ¡Lo puro!
Probablemente, sí. Pero obviamente, no podrás contemplarte. Abarcaría el tiempo más extenso, y así tu conciencia no podrá. Vivir entonces sólo en ese perecer, en la degradación constante, el proceso lento y doloroso que arruga la piel y la desgarra, y al fin último, nunca aterrizar.

Ni siquiera ser nada.

jueves, 31 de marzo de 2011

Hay, en lo espeso de mi noche, algodones húmedos que aumentan su peso, quiebran las ramas del árbol que los conservaba y caen, explotando y dejando la acera vomitada de negro.
Sucede en todas las calles, mientras se cantan las canciones más serenas del día.
En el correr del aire que se agita, la tela que contiene el intenso del azul, flamea serenamente y es madre de frescura en las esquinas moribundas.
Están las vanguardistas, anunciando el otoño, que son las que resuenan bajo las suelas de mis zapatos. Son las del perfume tostado, las artistas del marrón y el sabor a chocolate.
Llueve sobre las almas dormidas, el naranja que titila de los faroles, y las sombras que ríen, se esconden de quién casualmente las quiere aplastar.
Si miro hacia donde no me ciegan las copas, me ciega el infinito de las luces ahogadas, y el resplandor de planetas que viajan a la velocidad de tu voz.

Tu voz.

Tu susurro sobre mi cuerpo. La inmensidad escurrida entre mis dedos.
Lo silencioso del fin.

jueves, 24 de febrero de 2011

- ¿Las historias, en los sueños, tienen finales? - le planteó.
- Nunca había pensado en eso -
-Tampoco yo, acabo de preguntármelo. Y es casi insoportable. -

miércoles, 23 de febrero de 2011

Segunda parte

Y corríamos. Instintivamente mirábamos hacia atrás, horrorizados. Las partes en llamas salían de un núcleo blanco de humo explosivo y volaban en todas direcciones, incluida la nuestra. Estaban en llamas, e iban dejando una estela de humo en su recorrido.
El escape era difícil y mantener el equilibrio se dificultaba corriendo colina abajo. Sí, por una colina segundos antes verde, ahora manchada de rojos y naranjas fuego intentábamos esquivar los proyectiles de aquel avión, que después de volar serenamente, había dado un brusco giro encima nuestro y se había despedazado.
Corríamos, mirábamos aunque no quisiéramos, ella estaba conmigo y se derramaba nuestra misma sangre.
Segundos que se congelaban y así se prolongaban, marcaban el momento desesperado de la huída.

Giré nuevamente hacia atrás y mis pupilas vieron crecer en lo más hondo ese intenso rojo fuego que fue creciendo, y agrandándose... y que llegó.

Silencio negro.

martes, 22 de febrero de 2011

MAYDAY

Primera parte

El vuelo era rápido y sereno. Parejo. Todavía la sensación de ligereza, de desplazarse como flecha en el espacio, tajante, cortando el aire a ras del piso, muy cerca.
Ruido a turbinas. Las luces de aquel avión reflejaban, potentes, el gris de la ruta que sobrevolaba. Las marcas blancas de ésta resplandecían.
Naciendo iban, como marcando un camino recto y sin posibles desvíos, unos pinos verdes, muy verdes que brillaban con los reflectores.
Supongo que en el principio, la sensación en la cabina era de tranquilidad, de aunque el primero para mí, un vuelo de tantos más. Pero las características no eran las normales.
Puedo asegurar que viajaba en la cabina. El paisaje antes relatado se aparecía ante mis ojos a través de las ventanas en forma de figuras geométricas. Y pasaban rápido, muy rápido.
Del espacio donde me encontraba no recuerdo más que una habitación de matices grises, tanto el piso como las paredes. Al frente dos asientos. Pero todo parecía muy despoblado, espacioso.
Sé con certeza quién ocupaba uno de los asientos, el más importante, quién piloteaba la nave. Me acompañaban dos amigos, y hacia el final parecían ser tres.
Pero tuve de repente, una sensación nerviosa, con sabor a acero. La tranquilidad que habitaba no seguiría durante más tiempo. Y no siguió.
Sin previo aviso se dibujó en frente, en nuestro rumbo, una pared marrón, una montaña supongo, que decidió echar pies delante nuestro.
La calma se transformó en desesperación. Nos acercábamos veloz y catastróficamente hacia el obstáculo en frente.
La piloto fue alertada por nuestros gritos desesperados. Alrededor de ella dos o tres saltábamos aterrados, agitando los brazos, tomándonos la cabeza.
Los árboles que alguna vez marcaron nuestro camino, ahora eran soldados de plomo parados firmemente impidiéndonos el escape.
El avión comenzó a agitarse bruscamente. Las luces reflejadas en la ruta temblaban como celofán. La nave rugía, el acero se retorcía y las turbinas chillaban insoportables.
La piloto usaba todas sus fuerzas; forcejeaba con la palanca y no podía levantar la nariz de la nave, cuyo peso parecía haberse multiplicado. La lucha era incansable. La cabina se agitaba. Nuestros gritos no cesaban y la pared se acercaba más. Las luces, los ruidos, los golpes y el instante anterior al vuelo en alto... la pared, que no aguantó ser la perdedora. Sonido infinito a destrucción.

Silencio negro.

martes, 8 de febrero de 2011

"Por medio de la cámara, el fotógrafo sustrae del río del tiempo el mundo que lo rodea (...) y consigue perpetuarlo hermosamente y tal cual es como si les robara el alma"
A. Bioy Casares

"Es la primera vez que la veo. Como si yo no viera sino a través del lente de la cámara"



martes, 1 de febrero de 2011

¿Te cabe?

No caber en ningún sitio,
no acomodarse en ningún molde,
al menos poder fingir.
Pero qué infelicidad. Qué desdicha.

No caber en mi molde, ni en el que propusiste para mí.
Ni en el que estaba, ni en el que compraré.
Ni en moldes viejos, ni en los "último modelo".
No caber.

Ni en los moldes por catálogo,
o los que venden por la tele, en Sprayette.
Tampoco en los moldes revista, familia o test.
No caber.

Ni siquiera en el "perfecto",
molde sabandija si lo hay.

(No te acomodes demasiado, el confort te sale caro.)

No me cabe no caber.