Mis pasos en esta calle
Resuenan
En otra calle
Donde
Oigo mis pasos
Pasar en esta calle
Donde
Sólo es real la niebla.

Octavio Paz

domingo, 11 de marzo de 2012

Unos de Jorge

1964 I Ya no es mágico el mundo. Te han dejado. Ya no compartirás la clara luna ni los lentos jardines. Ya no hay una luna que no sea espejo del pasado, cristal de soledad, sol de agonías. Adiós las mutuas manos y las sienes que acercaba el amor. Hoy sólo tienes la fiel memoria y los desiertos días. Nadie pierde (repites vanamente) sino lo que no tiene y no ha tenido nunca, pero no basta ser valiente para aprender el arte del olvido. Un símbolo, una rosa, te desgarra y te puede matar una guitarra. II Ya no seré feliz. Tal vez no importa. Hay tantas otras cosas en el mundo; un instante cualquiera es más profundo y diverso que el mar. La vida es corta y aunque las horas son tan largas, una oscura maravilla nos acecha, la muerte, ese otro mar, esa otra flecha que nos libra del sol y de la luna y del amor. La dicha que me diste y me quitaste debe ser borrada; lo que era todo tiene que ser nada. Sólo me queda el goce de estar triste, esa vana costumbre que me inclina al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

Los justos Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire. El que agradece que en la tierra haya música. El que descubre con placer una etimología. Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez. El ceramista que premedita un color y una forma. Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada. Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto. El que acaricia a un animal dormido. El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho. El que agradece que en la tierra haya Stevenson. El que prefiere que los otros tengan razón. Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.


jueves, 8 de marzo de 2012

En el abrazo noctámbulo la sensatez se nos escurre hasta el hartazgo de entre nuestras manos.
Lo que queda son mesas con brownies a medio comer, el ponche derramado en pegajoso rosa, papel picado y las corbatas de los jefes, anundadas en el piso como serpientes.
Pero en el fondo del salón, donde la luz del día todavía no te toca, quedás vos.


Fiesta

Encanto promiscuo, nado las tablas del sol, como murciélago, como bicho-pájaro enamorado de la fealdad, y tu casa me pone a gritos en la vereda que espera pase el temporal. Casi cielo, casi victoria, carreteles de lo lumínico hasta lo verde musgo, aislándome de tu casi risa de mueca maravilla, astilla los primeros ojos del sol de ayer. Metamorfosis de hielo. La gente tiene pesuñas y yo soy la bosta que pisan y me relamo y me aplasto y te veo crecer. Me enamoro, vos no podés, te encuentro. Un ala mágica nos ve surgir, rozar las espaldas, elevar al cosmos un canto universal, sinérgico, inflamable. Yo no sé nada de la luna, sino de tus alcantarillas con forma, con engaño de ángel/murciélago, no quiero correr con éste anzuelo clavado a mis ansias desde mi nariz. Patitos de goma ahogados en la bañera, cuán feliz me ponés, cuán contento estoy. ¿Y si te tiro por la ventana? O te pinto como Dalí, te agujero como a la nieve caliente, te hago puerta para ir. Me desarmo de tu último hallazgo de cofrecitos de cristal y me río de tu muerte ambulatoria con el whisky al borde del patio, al borde del talón.

Jugo de durazno sobre la almohada

Hubiera preferido que sea vino,
que sea noche,
inconciente.

Hubiera preferido que seas vos,
como en el sueño,
en el eterno carnaval de juguete.

Cajas de cartón y sombrillas.