"búscame al final de tu heladera
envuélveme en el plástico de tu perfume
déjame caer otra vez"
Llegaste hasta la puerta casi entera de vidrio del edificio con ese aire
de solemnidad que se te cae a pedazos justo después de que hablás, estirando la
palabra que te sirve de saludo, mientras torcés la cabeza hasta cerca de tu
hombro, como si fuera casi un gesto de dulzura, de fragilidad, esas cosas que
alguna vez creí que tuvieras.
El metal verde que divide el panel de vidrio te corta la figura justo en la mitad, a la altura de la cintura (mirá como se me ponen los dedos, parece se me caen cuando me acuerdo caminando esa curva tuya, mullida, fría, de tu mismo color). Ahora el reflejo del vidrio nos superpone. Me devuelve la fantasía de estarnos encima y tu sonrisa macabra, la que hacés mientras te enredás entera en papel film, desnuda de pies a cabeza, para que en realidad mi sed no te toque. Cuerpo de silencio, de noche. La cómoda oscura de la abuela detenida en el tiempo y en la humedad. Una habitación lúgubre, fotos pintadas, la cama chillando. El olor a telas de arañas.
Tenés un vestido negro de modal o de alguna tela fina, algo ajustada y hasta las rodillas (esos cortes que nunca te ponés) con un escote redondo o cuadrado, no me acuerdo, pero grande a la medida de tus senos y a la tuya propia. Sonreís atrás del vidrio que te enmudece con el gesto del que vuelve y como anunciándote con una mueca certera, segura, mala y burlona como las que siempre me esgrimís bien temprano o de noche volviendo juntos. Y en realidad estás fría, otra vez, poniendo esa distancia transparente pero inmóvil, infranqueable. Llamándome como el azul al pájaro a través de la ventana. La cabeza golpeando en el cristal una y mil veces. Renovar el aleteo, tomar otra vez el ingenuo envión. Y vos, riéndote del engaño y de la inocencia como un curso entero de chicos de primaria, sin que uno solo se levante a abrir la ventana para poner fin al deseo más absurdo. Elena, ¿por qué no tuviste al menos un brote de lástima y me diste la libertad aunque no la quisiera? Te convertiste en el personaje más deseado pero inviolable dentro de su empaque. Pura exhibición. Coleccionismo lastimoso. El superhéroe que nunca va a salir al patio a volar y pisotear hormigas.