¿Qué de las formas que te dibujan, del contorno suave, filoso? ¿Qué de la tensión precisa, del trabajo como engranajes de lo que te forma, los volúmenes, la firmeza, las sombras que se proyectan?
Me pregunto. Me preguntan mis ojos hundidos en los abismos de lo tuyo, en los acantilados rosados, los fines in-finitos, los caminos que te recorren hasta donde las nuevas formas no dejan ver. Ahí nace tu misterio. Tu misterio que es mío. Mío, como la certeza que no te conoce, como la austera sensación de que hay un tiro que se dispara y nunca impacta contra nada. Nada, claro. Sos vos. Otra vez. Así existís: en la repetición. En los dobleces como rutinarios, en las caídas repentinas. ¿Caigo de tus filas recorriéndote o caes de lleno, enteramente en mí? No conozco el espacio que nos aleja (pero que te dibuja). Si es esa la distancia que mi mente crea y te da existencia, o si será el puente sin cuerdas que a veces me animo a cruzar.