Voy a comprarme un frac dos talles más grandes, y a usarlo para pasear como respetable caballero cuando los perros salgan a mi encuentro. Sólo ellos. Y el viento, y la plaza que espera por nadie con faroles que aguardan con esperanza. Ingenuos.
Voy a comprarme un helado de tantos sabores como la gravedad me permita, y los que no, los guardo en el bolsillo de mi chaleco gris.
Así empezaré la carrera circular por la plaza, devorando un sabor por esquina, anestesiando el paladar y la lengua. Sólo será motivo válido para detenerme, el ajuste del moño negro, o los mechones que se escapen de detrás de las orejas (rojas ya).
Procuraré un andar sereno y alineado. Cuando termine el postre, me sacaré la galera. Me esperará una fuente de plata con un salmón cocido en manteca quemada y papas rotas. Me aseguraré de que el perejil siga lo suficientemente fresco, o sacaré un ramo de una de mis medias color crudo de nylon y lo picaré al momento con sagacidad tenaz. Pizca gruesa de sal y en la vuelta número 17 comenzaré con éste, el plato fuerte, en la esquina enfrentada a la heladería, donde los empleados siguen con las narices achatadas contra los vidrios mirando mi carrera (si tuviera dos cubiertos más los invitaría, parecen deseosos).
Sacando los míos de entre el cinturón los dispondré en mi mano izquierda. Buscaré la servilleta roja del bolsillo interno del saco, y destrabando mi garganta, daré inicio a la cena.
Dispondré un paso más lento y equilibrado, e invirtiendo la dirección de las vueltas, comenzaré desgarrando la carne rosada más próxima al esqueleto y seguiré por la cabeza, y esos ojos saltones frescos que parecen mentolados.
Alternaré la carne desgajada con las papas rotas, envueltas en grasas saturadas que despierten el gusto ácido en mi lengua que festeja.
Reprimiré cualquier intento sorpresivo de eructo que quiera llevarse algo de sabor al aire, y limpiaré prolijamente los extremos de mi boca con la servilleta que espera en mi muñeca.
Andaré así un par de vueltas, a la espera de la digestión, mientras del bolsillo trasero de mi pantalón almidonado, sacaré un habano sabor café.
Antes de lo deseado mi buen amigo se extinguirá, y previo viaje por los túneles de mis pulmones, el humo disfrutará de la libertad infinita y de las rutas de viento frío de la pampa santafesina que vaya a saber dónde lo estrellarán.
Será el momento entonces de sentirme saciado, y optar por un bocado más reducido que recordaré tener en mis calzoncillos. Con la sutileza del relojero, robaré de aquel lugar oscuro los canapés de queso roquefort y pescado, y los acomodaré de a par en mi antebrazo izquierdo.
Casi como un arma, descubriré el champagne que sujeta mi cinturón a la altura de donde la columna encuentra su fino fin, y serviré en una copa alta que sujeta mi otra media la bebida que burbujea. Como convictos que corren desaforados tras muros caídos, los gases de la bebida recorrerán las paredes angostas de la copa, marcando la silueta tal caballero a su mujer, y explotarán en estrellas al borde, justo antes del abismo.
Las salvarán mis labios resecos y cortados, no menos deseosos, que beberán espirituosamente el líquido, antes de que mi boca lo pasee como enjuague bucal por entre mis dientes apretados.
De a uno, y como los últimos, degustaré los canapés, alternando queso y pescado. Los moveré en redondo por mi boca que se regocija, y jugaré a no utilizar los molares, para sentir deshacerse la harina, la sal, el queso, la carne, y los dedos sucios del cocinero.
Luego de la ceremonia, la plaza ya me habrá encontrado en la vuelta 67, en la misma esquina en que comencé. Por fortuna, los heladeros han corrido cortinas y a media luz fuman y beben cerveza barata, han encontrado consuelo allí.
Yo miraré el reloj de la torre, casi las tres. El silencio es mi sobremesa, y las barbas de los pinos se mecen como acunando la sed que causa el frío.
Gesticularé fingiendo rectitud y me acomodaré los pantalones y la solapa del frac. Estaré inmóvil y con la vista fija, en la esquina, mirando la calle que me devuelve a casa. Mis ojos brotarán humedad de felicidad ante tanto acto protocolar. Será la satisfacción de haber vuelto a cumplir una noche más.
"¡Bon appetit!", escuchará el perro que me mira como la única de mis exclamaciones en toda la cena, un segundo antes de comenzar la caminata.