Hay, en lo espeso de mi noche, algodones húmedos que aumentan su peso, quiebran las ramas del árbol que los conservaba y caen, explotando y dejando la acera vomitada de negro.
Sucede en todas las calles, mientras se cantan las canciones más serenas del día.
En el correr del aire que se agita, la tela que contiene el intenso del azul, flamea serenamente y es madre de frescura en las esquinas moribundas.
Están las vanguardistas, anunciando el otoño, que son las que resuenan bajo las suelas de mis zapatos. Son las del perfume tostado, las artistas del marrón y el sabor a chocolate.
Llueve sobre las almas dormidas, el naranja que titila de los faroles, y las sombras que ríen, se esconden de quién casualmente las quiere aplastar.
Si miro hacia donde no me ciegan las copas, me ciega el infinito de las luces ahogadas, y el resplandor de planetas que viajan a la velocidad de tu voz.
Tu voz.
Tu susurro sobre mi cuerpo. La inmensidad escurrida entre mis dedos.
Lo silencioso del fin.
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