Podría ser pequeño, mísero, partícula, rozar lo insignificante. Podría ser parte de todo lo vano, ser las y treinta de un reloj en un campanario de un pueblo sordo, sordo pero que ve y escucha y cuenta.
Podría, pero no. Me tocó esta grandeza absurda, esta libertad inmanejable, estos sentidos que captan, esta cabeza que en el mareo general entiende que todo es duda, que nada es definitivo, y qué podés hacer.
Como la barrera que impone una vidriera, transparente, durante un segundo casi penetrable, y ahí cuando los dedos son toscos y los gritos se ahogan en el silencio.
La impotencia de creer saber, querer. La imposibilidad misma de poder.
Entonces está la miseria, la felicidad perenne humana, la cobardía omnipotente, lo débil y estos tragos calientes.
El calor en la calle, el calor en el estómago y de imprevisto subiendo hasta la garganta, y a los oídos. La vista seca, la cabeza tramposa que casi gira hacia el otro lado, para donde no hay nada, el momento solo y el después. Y después, ¿qué?
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