¿Quién me inventó esta pila de hojas grises, de lecturas obligadas, de demostración nerviosa, de aprobación absurda? ¿quién? Río, claro, me río porque fui yo, siempre buscando en otras lagunas, sin mirarme primero los tobillos llenos de barro que mis pies, a mi orden, trajeron hasta acá. Y mirá, yo no sé que pienses de esta llamada a esta hora, a este día, de esta invitación. Vos me sos poesía y me sos ciudad encendida, concierto, salida de clase y ganas. Y me sos ganas más allá de quererte, me sos impulso que me lanza, me hacés creer, volver a creer.
Donde estés ahora, donde recibas esta llamada, que interrumpa la lectura que la lámpara te deja hacer, que deje enfriar el café, y ya que sos vos, que deje consumir el cigarrillo amigo ese un poco más en el borde del platito de té que improvisaste para la ceniza. Ese que quizás encuentre la muerte, sorprendido y no es para menos, en aquella luz y aquel calor que hace un minuto le dieron el placer de la vida que ahora lo está consumiendo cuerpo adentro. Y avanza, y quema, y es menos cada vez, cada segundo mientras los gritos se silencian en ondulante humo que asciende.
Pero no todo es muerte, no lo somos vos, el tubo, y del otro lado este yo que intenta ser un poco tuyo. O quizás tengamos esa vida miserable y de engaño como tu cigarro, quizás ardamos en el instante mismo en que comenzamos a morir después, pero qué nos importa ya, si es septiembre, si son las siete, si ya no se sienten más las presiones que me dejaban invisible y sin llamarte. Qué me importa la muerte si el principio es vivir, es arder un instante en tu voz.
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