Primera parte
El vuelo era rápido y sereno. Parejo. Todavía la sensación de ligereza, de desplazarse como flecha en el espacio, tajante, cortando el aire a ras del piso, muy cerca.
Ruido a turbinas. Las luces de aquel avión reflejaban, potentes, el gris de la ruta que sobrevolaba. Las marcas blancas de ésta resplandecían.
Naciendo iban, como marcando un camino recto y sin posibles desvíos, unos pinos verdes, muy verdes que brillaban con los reflectores.
Supongo que en el principio, la sensación en la cabina era de tranquilidad, de aunque el primero para mí, un vuelo de tantos más. Pero las características no eran las normales.
Puedo asegurar que viajaba en la cabina. El paisaje antes relatado se aparecía ante mis ojos a través de las ventanas en forma de figuras geométricas. Y pasaban rápido, muy rápido.
Del espacio donde me encontraba no recuerdo más que una habitación de matices grises, tanto el piso como las paredes. Al frente dos asientos. Pero todo parecía muy despoblado, espacioso.
Sé con certeza quién ocupaba uno de los asientos, el más importante, quién piloteaba la nave. Me acompañaban dos amigos, y hacia el final parecían ser tres.
Pero tuve de repente, una sensación nerviosa, con sabor a acero. La tranquilidad que habitaba no seguiría durante más tiempo. Y no siguió.
Sin previo aviso se dibujó en frente, en nuestro rumbo, una pared marrón, una montaña supongo, que decidió echar pies delante nuestro.
La calma se transformó en desesperación. Nos acercábamos veloz y catastróficamente hacia el obstáculo en frente.
La piloto fue alertada por nuestros gritos desesperados. Alrededor de ella dos o tres saltábamos aterrados, agitando los brazos, tomándonos la cabeza.
Los árboles que alguna vez marcaron nuestro camino, ahora eran soldados de plomo parados firmemente impidiéndonos el escape.
El avión comenzó a agitarse bruscamente. Las luces reflejadas en la ruta temblaban como celofán. La nave rugía, el acero se retorcía y las turbinas chillaban insoportables.
La piloto usaba todas sus fuerzas; forcejeaba con la palanca y no podía levantar la nariz de la nave, cuyo peso parecía haberse multiplicado. La lucha era incansable. La cabina se agitaba. Nuestros gritos no cesaban y la pared se acercaba más. Las luces, los ruidos, los golpes y el instante anterior al vuelo en alto... la pared, que no aguantó ser la perdedora. Sonido infinito a destrucción.
Silencio negro.
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