Cuando al final del día telefonean los amigos desde el patio o el balcón si con suerte gozan de la libertad (y ahí nomás) del inalámbrico, o soportan el tapizado caluroso del sillón del living que intentan olvidar fumando; la charla transcurre entre ocupaciones que rondan lo que ocurrió en el capítulo siete de la novela que también estás fumando, el relato como de hermano de las vicisitudes del/los protagonistas (que esperanzados con la mirada que va hasta el techo a veces quisiéramos tener), la podada de los rosales de la abuela, el césped que no creció tan rápido esta vez, nueva obsesión: que el volumen del estéreo no quede en número impar y fijate que los duraznos están mejor en lo de don Carlos pero eso sí, aprendé a bancarte la pelusa que no tuvimos la suerte de nacer pelones. Se me quemó el tele desayunándome los embotellamientos porteños, me compré un cortaúñas nuevo, y claro, pasá mañana que entre mate y mate lo probamos, te muestro los discos nuevos que bajé y mirá como me quedaron los malvones che, de piedad no saben las hormigas. Y este mediodía me levanté igual, como si de todas formas me esperara un desayuno de estudiante (olvidate de la naranja y el pan fresco), una corrida a pie, otra en colectivo y una clase que depende del humor del profesor. Viste como somos… ahora tengo la comida en la mesa pero no me aguanto y miro al costado.
Desgano.
Duda.
Café instantáneo.
Y si los hábitos son menos sedentarios que los míos, el informe de las tiradas en la piscina, los minutos extra de trote o el placer de llenar de tierra la cámara nueva de la bicicleta; más cuánto énfasis llevan los cables telefónicos si te cuento que a la tarde escribí un poema y que el licuado de banana estuvo bueno pero necesitaba una vuelta más.
Menos mal che, que el verano es largo.
(Mentira, eso era antes)
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